sábado, 30 de octubre de 2010

coreografía

si te entran ganas de vomitar, trágatelo.

miércoles, 13 de octubre de 2010

martes, 5 de octubre de 2010

hoy

9:45h me dispongo a salir del metro atravesando los tornos de salida, esos que a veces no funcionan bien y golpean en la pelvis con fuerza a personas impuntuales como yo. Mientras me aproximo veo a un hombre de la edad de mi padre haciendo un pequeño teatrillo gestual de enfado y frustración. Introduce el billete en los tornos de entrada sin éxito. Pita. Lo vuelve a intentar. Pita. Para cuando yo llego a los tornos de salida su pequeño show ha terminado, al salir dejo la portezuela abierta y él la agarra con firmeza antes de que se vuelva a cerrar.

Me ha bastado un minuto para darme cuenta de que ese hombre lleva años utilizando esa técnica para colarse en el metro con un billete usado. Me ha enternecido.

ayer

9:15h bajaba el primer tramo de las escaleras del metro mirando hacia el interior de mi bolso. Buscaba el abono transporte para tenerlo en la mano al llegar a los tornos y ahorrar así 2 segundos. De pronto alguien me toca en el brazo, levanto la cabeza y un chica me dice: -eh, hola!- yo respondo automáticamente: -ay, hola, no te había visto!- sin parar de andar, hago un pequeño gesto con la mano para despedirme, y me giro de nuevo en mi dirección.

En ese momento visualizo la cara de desconcierto de la chica que ve visto una fracción de segundo antes de pirarme. No nos conocemos de nada. Ella me ha confundido con alguien, al levantar yo la cabeza y verme la cara se ha dado cuenta de su equivocación y ha sido mi reacción lo que la ha dejado completamente trastornada

lunes, 4 de octubre de 2010

SMS

Te reto a un concurso de microrrelatos. El mío: Hoy he visto a una puta comiéndose un bocadillo grasiento con avidez. Esa puta eras tú.

la profesora de pintura

Notaba una molestia en el ano, como si le metieran un palo para arriba, decía. Le hicieron una rectoscopia y la sedaron.

terror en la tercera

Hay un chico en mi trabajo que no habla, lleva varios meses circulando por los pasillos y nadie sabe cómo se llama. Es becario. Da miedo. Es de Bogotá, pero no da miedo por eso. Parece ser que ha llegado hasta aquí enchufado a la velocidad de la luz desde USA por su “madrina de bautismo” como él mismo me explicó el otro día.

La semana pasada de pronto habló, dijo que se bajaba con nosotros -un grupo del trabajo- a tomar un café. Bien. Vino y se sentó con nosotros sin decir ni una palabra durante la hora y 15 minutos que duró la reunión, mirando, observando, en silencio. Al principio era un poco incómodo, luego ya daba igual. Te acostumbras a todo. Incluso a ser un pequeño entretenimiento para un espectador siniestro.

Ese mismo día se dirigió a mí utilizando un diminutivo cariñoso que sólo una persona más utiliza en la empresa. Eso me escalofrió. Me pidió que le enseñara mi trabajo, para ver el tono de la redacción y compararlo con su estilo (más periodístico). La situación fue tan violenta que él mismo me pidió que parara en un momento dado, me dijo - ya está bien-.

Por tarde fuimos juntos al metro y me estuvo contando las vicisitudes, estafas y timos de los que había sido víctima desde su llegada a Madrid hacía escasos tres meses. La conversación no tenía fin, a mi me parecía bien, pero tenía prisa porque tenía que coger un tren y no sabía cómo parar aquello. Me daba un poco de miedo el contraste con otras situaciones en las que le había visto. Mantuve el tipo. Le toqué varias veces el codo para enfatizar mis afirmaciones.

Después de 20 minutos parados en el intercambiador de Plaza de Castilla frente a la cafetería subterránea Alex, en la que estaban poniendo progressive a toda leche, se despidió utilizando el diminutivo una vez más. Yo pensé entonces que sólo era una timidez muy severa.

Hoy no ha parado de mirarme durante toda la comida desde la mesa de enfrente. No me ha vuelto a dirigir la palabra. Sólo mira en silencio.