sábado, 30 de octubre de 2010
miércoles, 13 de octubre de 2010
martes, 5 de octubre de 2010
hoy
Me ha bastado un minuto para darme cuenta de que ese hombre lleva años utilizando esa técnica para colarse en el metro con un billete usado. Me ha enternecido.
ayer
En ese momento visualizo la cara de desconcierto de la chica que ve visto una fracción de segundo antes de pirarme. No nos conocemos de nada. Ella me ha confundido con alguien, al levantar yo la cabeza y verme la cara se ha dado cuenta de su equivocación y ha sido mi reacción lo que la ha dejado completamente trastornada
lunes, 4 de octubre de 2010
SMS
la profesora de pintura
terror en la tercera
Hay un chico en mi trabajo que no habla, lleva varios meses circulando por los pasillos y nadie sabe cómo se llama. Es becario. Da miedo. Es de Bogotá, pero no da miedo por eso. Parece ser que ha llegado hasta aquí enchufado a la velocidad de la luz desde USA por su “madrina de bautismo” como él mismo me explicó el otro día.
La semana pasada de pronto habló, dijo que se bajaba con nosotros -un grupo del trabajo- a tomar un café. Bien. Vino y se sentó con nosotros sin decir ni una palabra durante la hora y 15 minutos que duró la reunión, mirando, observando, en silencio. Al principio era un poco incómodo, luego ya daba igual. Te acostumbras a todo. Incluso a ser un pequeño entretenimiento para un espectador siniestro.
Ese mismo día se dirigió a mí utilizando un diminutivo cariñoso que sólo una persona más utiliza en la empresa. Eso me escalofrió. Me pidió que le enseñara mi trabajo, para ver el tono de la redacción y compararlo con su estilo (más periodístico). La situación fue tan violenta que él mismo me pidió que parara en un momento dado, me dijo - ya está bien-.
Por tarde fuimos juntos al metro y me estuvo contando las vicisitudes, estafas y timos de los que había sido víctima desde su llegada a Madrid hacía escasos tres meses. La conversación no tenía fin, a mi me parecía bien, pero tenía prisa porque tenía que coger un tren y no sabía cómo parar aquello. Me daba un poco de miedo el contraste con otras situaciones en las que le había visto. Mantuve el tipo. Le toqué varias veces el codo para enfatizar mis afirmaciones.
Después de 20 minutos parados en el intercambiador de Plaza de Castilla frente a la cafetería subterránea Alex, en la que estaban poniendo progressive a toda leche, se despidió utilizando el diminutivo una vez más. Yo pensé entonces que sólo era una timidez muy severa.
Hoy no ha parado de mirarme durante toda la comida desde la mesa de enfrente. No me ha vuelto a dirigir la palabra. Sólo mira en silencio.
