viernes, 15 de abril de 2011

curso de formación II


El segundo día fue “color”. Lo que en principio parecía más divertido y práctico, se volvió peligroso en mis manos. Encerrada en una sala de reuniones sin ventilación ni luz solar, me sentía como un chimpancé en un laboratorio con todos aquellos productos a mi alcance. Básicamente me puse en la cara todo lo que cayó en mis manos. Base matificadora, corrector, base de maquillaje, lápiz de color y fijador de cejas, perfilador de labios, labial, máscara, sombra duo, polvos de color y colorete. 

No era la única que estaba testando en sus propias carnes, la chica que tenía al lado se estaba poniendo fina. Concretamente se puso blanca. Al pasar la hoja de asistencia que debíamos firmar, pude ver que era una encargada de tienda de Elche. Entonces comprendí que era una profesional, no como las demás que se ponían negras. A su izquierda estaba sentada una belleza barriobajera de Bizkaia. La vasca tenía una nariz perfecta sin operar y un tono de voz increíblemente alto. Era de esas personas que enseguida conectan de una manera especial con los homosexuales y se hacen amigos al instante. Así ocurrió entre ella y Antonio.

A las 14h nos fuimos todas a comer pintadas como una puerta al restaurante del hotel NH que había al lado. Allí me senté al lado del formador, la rabalera vasca y la encargada de Elche. El formador contó que él había sido promotor en Murcia hasta enero, cuando había venido a Madrid para ser formador. Que estaba muy contento, que vivía en Getafe porque allí podía aparcar y que tenía pánico al hecho de compartir piso.

La encargada ilicitana contó entonces que a ella le había robado una compañera de piso una vez. No era algo que tuviera mucho valor material, pero sí sentimental. Era una medalla de oro de su padre. Gracias a la colaboración de un amigo policía consiguió pillarla. Había dado su DNI para venderla en una joyería cercana. Desgraciadamente, consiguió localizarla dos días después de que la fundieran. Pero de alguna manera eso la había ayudado a superar la muerte de su padre. Después de eso me comí unos profiteroles con chocolate y un café con hielo y llamé a un taxi para salir derrapando de allí.

curso de formación I


El mes pasado estuve dos días en un curso de formación de Shiseido en sus oficinas de Madrid. Las asistentes al curso eran dependientas de perfumerías que “trabajaban” la marca y que venían de todas las provincias de España para conocerla mejor. También había “promotoras”, profesión que nunca llegué a entender. El primer día del curso era “tratamiento” y el segundo “color”. 

El formador, Antonio, era un amigable homosexual murciano de patillas finas, que había engordado 7 kilos desde enero. Conectaba a la perfección con su público por ser muy humilde y cercano. Había empezado “en tienda”. Era tan llano que no pronunciaba bien ni los nombres de los productos de su propia empresa. También confundía los verbos arrepentirse y avergonzarse y los adjetivos patente y latente, que decía indistintamente con total tranquilidad. 

Empezó la primera sesión pasando lista. “A ver ¿de Silver Moon cuántas sois?, vale”–apuntaba en la libreta-. “¿De If?, al final 4”-apuntaba-.“¿De Zafiro?, muy bien.”–apuntaba-.“¿De Mary Paz?, perfecto.”–apuntaba-. Mencionó el nombre de nuestra agencia junto al resto de perfumerías sin detectar ninguna diferencia. Me hizo mucha gracia pensar que podríamos ser perfectamente un centro de depilación láser de extrarradio con estética futurista.

El primer día volví a casa con ganas de vomitar. Al principio me aplicaba las cremas que me pasaban en ambas manos, para probar las texturas y apreciar los aromas. En Shiseido los aromas son muy importantes. Antonio llegó a decir en un momento dado que, en la gama BodyCreador, aspirar el olor adelgazaba. Se quedó tan ancho. Estas inmersiones en la marca son tan brutales -un pawer point de 8 horas- que llega un momento en la que la gente enloquece y está dispuesta a aceptarlo todo. Es como un interrogatorio salvaje en el que te declaras culpable sin serlo.

Cuando tenía las manos tan llenas de sebo que no podía ni abrir los tarros, empecé a ponérmelas  en los brazos y codos y finalmente en la jeta. Empecé a “trabajar” el rostro cuando me pasaron una crema tensora para la flacidez del cuello y la definición del óvalo facial. Luego me puse contornos de ojos y sérums para mujeres de 50 años y para terminar me rocié con el perfume Zen, que es tan intenso, que voy a tener que incinerar el jersey que llevaba puesto. Salí de allí omitiendo los artículos al hablar, utilizando el futuro próximo (va + a + infinitivo) para hablar en presente, diciendo tisú en lugar de pañuelo y eme-ele para referirme a ml.

la madera


Todos los días para llegar al curro paso por la calle Comandante Franco. Todos los días me pregunto durante una centésima de segundo cómo ha conseguido evitar la ley de memoria histórica. Puede que no se hayan dado cuenta. Por otra parte, en Google maps no aparece el nombre de la calle en ese tramo, pero eso no se si es casualidad o venganza. Hace un mes abrieron una comisaría al final de la calle, en la esquina con Caídos de la División Azul, otra magnífica avenida de la zona. 

Cada mañana y a medio día, de camino al Alcampo, veo a los maderos tomando el sol en la acera de enfrente apoyados en los coches de policía y hablando tranquilamente. Y fumando. Sí, fuman a gusto. Escucho pequeños fragmentos de sus conversaciones simples y disfruto muchísimo imaginándome de qué estarán hablando, dónde vivirán, qué profesión tendrían sus novias y cómo será la decoración de sus casas. Seguramente minimalista y zen.

También me planteo la coincidencia de la ubicación de la nueva comisaría con el guiño fascista del cruce de calles. ¿Qué pensarán los maderos de aquello? Me encantaría pillar algún día un fragmento de eso, pero no, no les importa lo más mínimo. En realidad el por qué de la ubicación es más simple. Es uno de los edificios más inquietantes y feos de la zona, de mármol gris con vetas blancas como un jamón de Jabugo y con un tejado rectangular en verde militar. Una columna de chapa metálica con círculos troquelados cubre una escalera exterior y una lona, que simula la vela de un barco, adorna un lateral. Sencillamente venía que ni pintado para la ubicación de la nueva comisaría de Pío XII. 

Pues bien, esta mañana al pasar por la puerta me he dado cuenta de que no es una comisaría, sino la embajada de Libia.


lunes, 11 de abril de 2011

pistas II

Las personas que los lunes dicen estar “de lunes” normalmente suelen ser poco interesantes. Si además ponen “de lunes” en su estado de Facebook, lo mejor es no dirigirles la palabra.

pistas

Siempre hay de desconfiar de las personas que dicen de sí mismas: “Yo de buena, soy tonta”. Porque normalmente no suelen ser ni buenas, ni tontas.

martes, 22 de marzo de 2011

reflexiones


Nunca hay que fiarse de una persona que llama “cielo” a otra.

viernes, 18 de marzo de 2011

Investigación III

Ch es un reloj, todos los días defeca a la misma hora. Precisamente a esa misma hora yo me lavo los dientes dos veces seguidas. Cada vez que coincidimos pienso; qué caprichoso es el destino. Me lavo los dientes dos veces seguidas porque me da la sensación de que con una no es suficiente. La primera no está mal, pero la segunda me proporciona una sensación de limpieza brutal, pierdo sensibilidad en la lengua y me escuecen un poco los carillos por dentro. Alguna veces una fina capa de piel se desprende, no se muy bien de dónde, y aparece más tarde en la parte interna del labio como un hilillo blanquecino que da bastante asco. Pero no se si es por lavarme los dientes compulsivamente o por beber líquidos a 100º, que es otra cosa que también me gusta hacer.

La cuestión es que Ch sale del WC y cierra la puerta por fuera como clausurando el local. Como un policía que precinta el escenario de un crimen. Después se lava los dientes sonoramente con un cepillo de dientes infantil y una pasta dentífrica de Licor del Polo que ya no tiene pegatina, ni color y se coloca con el cierre boca abajo. Entonces apoya el antebrazo izquierdo en el lavabo con el puñito cerrado y se acurruca dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre él. Agacha la cabeza hasta meterla prácticamente dentro del foso y bebe directamente del grifo mientras cepilla a lo bestia con la mano derecha.

Mientras se cepilla, respira torpemente por la nariz y emite un sonido que me recuerda al triceratops enfermo que ha comido bayas venenosas en Jurassic Park. Entonces me acuerdo de esa escena en la que la paleontóloga (Doctora Sattler) mete la mano en una montaña de excremento del animal y luego le acaricia el hocico. Entonces siento ganas de acariciar suavemente el lomo de Ch, pero no lo hago porque se que me mataría.