Me pareció mucho más escalofriante lo que estaba sucediendo en el mundo de los vivos que en el de los muertos.
lunes, 6 de diciembre de 2010
Teresa Lourdes, el otro milagro.
Me pareció mucho más escalofriante lo que estaba sucediendo en el mundo de los vivos que en el de los muertos.
con K de Kiko
sábado, 4 de diciembre de 2010
La Casa Real
tren
Belén Retro
martes, 23 de noviembre de 2010
domingo, 21 de noviembre de 2010
Centro de Salud Quintana
Pues no. Nada más llegar yo, ha llegado una mujer mayor acompañada por su hijo. Él es un hombre de unos 45 años con pinta de haber tenido problemas con el alcohol y de ser consumidor de prostitución callejera a diario. Lleva la cabeza rapada para ocultar una calvicie casi total, tiene muy mal color de piel y nunca jamás se ha quitado los puntos negros de la nariz. Son gigantes, los veo perfectamente a 10 metros de distancia. Está fuerte como un portero de la sala Pirandello pero tiene una gran barriga dura y tensa. Lleva una camiseta gris jaspeada, con un par de lamparones, bien remetida por dentro. Parece un body. Es probable que la lleve remetida por dentro de los calzoncillos.
Nada más llegar ha impedido de muy malas maneras que la madre se sentara en una de las sillas de la sala de espera para que se sentara en otra que estaba exactamente a la misma distancia de ella. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Yo he estado un rato pensando en por qué motivo le parecería esa silla mejor opción que la otra y no se me he ocurrido ninguno. El aire ha espesado desde que él ha entrado por la puerta. Parece un skinhead al que sus propios compañeros han jubilado por gordo y penoso.
En un momento dado una enfermera le ha gastado una pequeña broma rutinaria a la madre. Le ha dicho que los ojos no se frotan, que sólo se frotan con el codo y que si no llega con el codo, pues no se frotan. Nunca se habría imaginado que ese gag, que utiliza desde hace 30 años con ancianos y niños, le iba a costar tan caro esta vez. El hijo, completamente ajeno al significado de la frase, ha montado en cólera y le ha dicho que se tocara ella el coño con el codo, a ver si llegaba.
Luego ha estado unos 20 minutos en la puerta de la consulta observándola para intimidarla y repitiendo a voces que somos personas, que merecemos un respeto, que menuda zorra, que a ver si con el codo le va a callar la boca. La madre avergonzada y asustada ha intentado hacerle callar con un marcado acento andaluz que no comparte con el hijo.
Lo que más me ha impresionado de todo ha sido pensar que probablemente el padre de la criatura era exactamente igual que él y que la pobre mujer habrá tenido que esperar muchos años a que muriera. Y cuando por fin se lo ha quitado de encima se encuentra con esta joyita que aún vive en su casa y que tendrá que soportar probablemente hasta que muera.
jueves, 18 de noviembre de 2010
sábado, 30 de octubre de 2010
miércoles, 13 de octubre de 2010
martes, 5 de octubre de 2010
hoy
Me ha bastado un minuto para darme cuenta de que ese hombre lleva años utilizando esa técnica para colarse en el metro con un billete usado. Me ha enternecido.
ayer
En ese momento visualizo la cara de desconcierto de la chica que ve visto una fracción de segundo antes de pirarme. No nos conocemos de nada. Ella me ha confundido con alguien, al levantar yo la cabeza y verme la cara se ha dado cuenta de su equivocación y ha sido mi reacción lo que la ha dejado completamente trastornada
lunes, 4 de octubre de 2010
SMS
la profesora de pintura
terror en la tercera
Hay un chico en mi trabajo que no habla, lleva varios meses circulando por los pasillos y nadie sabe cómo se llama. Es becario. Da miedo. Es de Bogotá, pero no da miedo por eso. Parece ser que ha llegado hasta aquí enchufado a la velocidad de la luz desde USA por su “madrina de bautismo” como él mismo me explicó el otro día.
La semana pasada de pronto habló, dijo que se bajaba con nosotros -un grupo del trabajo- a tomar un café. Bien. Vino y se sentó con nosotros sin decir ni una palabra durante la hora y 15 minutos que duró la reunión, mirando, observando, en silencio. Al principio era un poco incómodo, luego ya daba igual. Te acostumbras a todo. Incluso a ser un pequeño entretenimiento para un espectador siniestro.
Ese mismo día se dirigió a mí utilizando un diminutivo cariñoso que sólo una persona más utiliza en la empresa. Eso me escalofrió. Me pidió que le enseñara mi trabajo, para ver el tono de la redacción y compararlo con su estilo (más periodístico). La situación fue tan violenta que él mismo me pidió que parara en un momento dado, me dijo - ya está bien-.
Por tarde fuimos juntos al metro y me estuvo contando las vicisitudes, estafas y timos de los que había sido víctima desde su llegada a Madrid hacía escasos tres meses. La conversación no tenía fin, a mi me parecía bien, pero tenía prisa porque tenía que coger un tren y no sabía cómo parar aquello. Me daba un poco de miedo el contraste con otras situaciones en las que le había visto. Mantuve el tipo. Le toqué varias veces el codo para enfatizar mis afirmaciones.
Después de 20 minutos parados en el intercambiador de Plaza de Castilla frente a la cafetería subterránea Alex, en la que estaban poniendo progressive a toda leche, se despidió utilizando el diminutivo una vez más. Yo pensé entonces que sólo era una timidez muy severa.
Hoy no ha parado de mirarme durante toda la comida desde la mesa de enfrente. No me ha vuelto a dirigir la palabra. Sólo mira en silencio.
domingo, 26 de septiembre de 2010
La absorción
No volví a pensar en el tema hasta el día siguiente cuando vi el rollo de papel higiénico apoyado sobre la revista, encima del zapatero de IKEA que utilizamos precisamente para colocar todo el entretenimiento para defecar. Siempre está ahí, parece que encima de una revista es un lugar más limpio que sobre el mueble.
Entonces pensé en qué pasaría si estuviéramos absorbiendo los restos de cocaína de la noche anterior a través del ano. El papel podría haberse llenado de polvillo y nosotros estar poniéndonos ciegos sin saberlo. No era ninguna tontería. Me acordé de lo que me había contado Javi hacía dos semanas sobre introducirse pastillas por el ano cuando las otras drogas ya no le hacían efecto. Para explicármelo hacía un gesto con la mano como de “guay” con el dedo gordo de la mano levantado y el resto replegados hacia adentro. Levantaba el dedo gordo como empujando hacia arriba para que entendiera mejor la técnica. Me quedé muy flipada, pero hice ver que me parecía una cosa de lo más normal.
