Estoy en el centro de salud de la calle Quintana, un lugar oscuro y siniestro en el que te puede ocurrir cualquier cosa. Una vez vine para hacerme una ecografía mamaria y un señor me toqueteó los senos repantigado en una silla de oficina mientras eructaba hacia adentro. Después de eso he procurado venir lo mínimo posible, pero hoy me han dado cita para el oculista y he venido pensando que esta vez el órgano no podía dar tanto juego y nada me podría pasar.
Pues no. Nada más llegar yo, ha llegado una mujer mayor acompañada por su hijo. Él es un hombre de unos 45 años con pinta de haber tenido problemas con el alcohol y de ser consumidor de prostitución callejera a diario. Lleva la cabeza rapada para ocultar una calvicie casi total, tiene muy mal color de piel y nunca jamás se ha quitado los puntos negros de la nariz. Son gigantes, los veo perfectamente a 10 metros de distancia. Está fuerte como un portero de la sala Pirandello pero tiene una gran barriga dura y tensa. Lleva una camiseta gris jaspeada, con un par de lamparones, bien remetida por dentro. Parece un body. Es probable que la lleve remetida por dentro de los calzoncillos.
Nada más llegar ha impedido de muy malas maneras que la madre se sentara en una de las sillas de la sala de espera para que se sentara en otra que estaba exactamente a la misma distancia de ella. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Yo he estado un rato pensando en por qué motivo le parecería esa silla mejor opción que la otra y no se me he ocurrido ninguno. El aire ha espesado desde que él ha entrado por la puerta. Parece un skinhead al que sus propios compañeros han jubilado por gordo y penoso.
En un momento dado una enfermera le ha gastado una pequeña broma rutinaria a la madre. Le ha dicho que los ojos no se frotan, que sólo se frotan con el codo y que si no llega con el codo, pues no se frotan. Nunca se habría imaginado que ese gag, que utiliza desde hace 30 años con ancianos y niños, le iba a costar tan caro esta vez. El hijo, completamente ajeno al significado de la frase, ha montado en cólera y le ha dicho que se tocara ella el coño con el codo, a ver si llegaba.
Luego ha estado unos 20 minutos en la puerta de la consulta observándola para intimidarla y repitiendo a voces que somos personas, que merecemos un respeto, que menuda zorra, que a ver si con el codo le va a callar la boca. La madre avergonzada y asustada ha intentado hacerle callar con un marcado acento andaluz que no comparte con el hijo.
Lo que más me ha impresionado de todo ha sido pensar que probablemente el padre de la criatura era exactamente igual que él y que la pobre mujer habrá tenido que esperar muchos años a que muriera. Y cuando por fin se lo ha quitado de encima se encuentra con esta joyita que aún vive en su casa y que tendrá que soportar probablemente hasta que muera.
Pues no. Nada más llegar yo, ha llegado una mujer mayor acompañada por su hijo. Él es un hombre de unos 45 años con pinta de haber tenido problemas con el alcohol y de ser consumidor de prostitución callejera a diario. Lleva la cabeza rapada para ocultar una calvicie casi total, tiene muy mal color de piel y nunca jamás se ha quitado los puntos negros de la nariz. Son gigantes, los veo perfectamente a 10 metros de distancia. Está fuerte como un portero de la sala Pirandello pero tiene una gran barriga dura y tensa. Lleva una camiseta gris jaspeada, con un par de lamparones, bien remetida por dentro. Parece un body. Es probable que la lleve remetida por dentro de los calzoncillos.
Nada más llegar ha impedido de muy malas maneras que la madre se sentara en una de las sillas de la sala de espera para que se sentara en otra que estaba exactamente a la misma distancia de ella. ¿Por qué? Nadie lo sabe. Yo he estado un rato pensando en por qué motivo le parecería esa silla mejor opción que la otra y no se me he ocurrido ninguno. El aire ha espesado desde que él ha entrado por la puerta. Parece un skinhead al que sus propios compañeros han jubilado por gordo y penoso.
En un momento dado una enfermera le ha gastado una pequeña broma rutinaria a la madre. Le ha dicho que los ojos no se frotan, que sólo se frotan con el codo y que si no llega con el codo, pues no se frotan. Nunca se habría imaginado que ese gag, que utiliza desde hace 30 años con ancianos y niños, le iba a costar tan caro esta vez. El hijo, completamente ajeno al significado de la frase, ha montado en cólera y le ha dicho que se tocara ella el coño con el codo, a ver si llegaba.
Luego ha estado unos 20 minutos en la puerta de la consulta observándola para intimidarla y repitiendo a voces que somos personas, que merecemos un respeto, que menuda zorra, que a ver si con el codo le va a callar la boca. La madre avergonzada y asustada ha intentado hacerle callar con un marcado acento andaluz que no comparte con el hijo.
Lo que más me ha impresionado de todo ha sido pensar que probablemente el padre de la criatura era exactamente igual que él y que la pobre mujer habrá tenido que esperar muchos años a que muriera. Y cuando por fin se lo ha quitado de encima se encuentra con esta joyita que aún vive en su casa y que tendrá que soportar probablemente hasta que muera.

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