viernes, 18 de marzo de 2011

Investigación III

Ch es un reloj, todos los días defeca a la misma hora. Precisamente a esa misma hora yo me lavo los dientes dos veces seguidas. Cada vez que coincidimos pienso; qué caprichoso es el destino. Me lavo los dientes dos veces seguidas porque me da la sensación de que con una no es suficiente. La primera no está mal, pero la segunda me proporciona una sensación de limpieza brutal, pierdo sensibilidad en la lengua y me escuecen un poco los carillos por dentro. Alguna veces una fina capa de piel se desprende, no se muy bien de dónde, y aparece más tarde en la parte interna del labio como un hilillo blanquecino que da bastante asco. Pero no se si es por lavarme los dientes compulsivamente o por beber líquidos a 100º, que es otra cosa que también me gusta hacer.

La cuestión es que Ch sale del WC y cierra la puerta por fuera como clausurando el local. Como un policía que precinta el escenario de un crimen. Después se lava los dientes sonoramente con un cepillo de dientes infantil y una pasta dentífrica de Licor del Polo que ya no tiene pegatina, ni color y se coloca con el cierre boca abajo. Entonces apoya el antebrazo izquierdo en el lavabo con el puñito cerrado y se acurruca dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre él. Agacha la cabeza hasta meterla prácticamente dentro del foso y bebe directamente del grifo mientras cepilla a lo bestia con la mano derecha.

Mientras se cepilla, respira torpemente por la nariz y emite un sonido que me recuerda al triceratops enfermo que ha comido bayas venenosas en Jurassic Park. Entonces me acuerdo de esa escena en la que la paleontóloga (Doctora Sattler) mete la mano en una montaña de excremento del animal y luego le acaricia el hocico. Entonces siento ganas de acariciar suavemente el lomo de Ch, pero no lo hago porque se que me mataría.

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