viernes, 15 de abril de 2011

la madera


Todos los días para llegar al curro paso por la calle Comandante Franco. Todos los días me pregunto durante una centésima de segundo cómo ha conseguido evitar la ley de memoria histórica. Puede que no se hayan dado cuenta. Por otra parte, en Google maps no aparece el nombre de la calle en ese tramo, pero eso no se si es casualidad o venganza. Hace un mes abrieron una comisaría al final de la calle, en la esquina con Caídos de la División Azul, otra magnífica avenida de la zona. 

Cada mañana y a medio día, de camino al Alcampo, veo a los maderos tomando el sol en la acera de enfrente apoyados en los coches de policía y hablando tranquilamente. Y fumando. Sí, fuman a gusto. Escucho pequeños fragmentos de sus conversaciones simples y disfruto muchísimo imaginándome de qué estarán hablando, dónde vivirán, qué profesión tendrían sus novias y cómo será la decoración de sus casas. Seguramente minimalista y zen.

También me planteo la coincidencia de la ubicación de la nueva comisaría con el guiño fascista del cruce de calles. ¿Qué pensarán los maderos de aquello? Me encantaría pillar algún día un fragmento de eso, pero no, no les importa lo más mínimo. En realidad el por qué de la ubicación es más simple. Es uno de los edificios más inquietantes y feos de la zona, de mármol gris con vetas blancas como un jamón de Jabugo y con un tejado rectangular en verde militar. Una columna de chapa metálica con círculos troquelados cubre una escalera exterior y una lona, que simula la vela de un barco, adorna un lateral. Sencillamente venía que ni pintado para la ubicación de la nueva comisaría de Pío XII. 

Pues bien, esta mañana al pasar por la puerta me he dado cuenta de que no es una comisaría, sino la embajada de Libia.


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